Elvira Cáceres
Guiados por la pregunta ¿Qué tejemos cuando tejemos? En el futuro inmediato el proyecto aspira a narrar la historia de esta técnica de tejido a través de una serie de entrevistas realizadas a los protagonistas. Estos testimonios nos permitirán describir y dar cuenta del valor que el tejido reviste para la vida cotidiana de quienes mantienen viva esta tradición y su trascendencia en el tejido social del pueblo.
¿Qué tejemos cuándo tejemos?
A partir de enero de 2026 ponemos en marcha un proyecto de investigación y registro fotográfico en torno al tejido con la palma caranday.
A través de una serie de viajes a Copacabana, nos encontramos con artesanos que sostienen y transmiten este oficio, en diálogo con su historia.
Cada encuentro abre una conversación y un acercamiento a los modos de hacer.
Esta es la primera entrega de una serie de entrevistas que forman parte de un desarrollo editorial en proceso que llevamos adelante junto a la fotógrafa cordobesa Cecilia Casenave y al artesano Ariel Heredia, gran conocedor y guía de esta experiencia.
Entrevistas realizadas entre el 30 y 31 de enero de 2026
Chichí Carrizo

«Yo me llamo Juan Carrizo. Pero alias, mi apodo es Chichi.
El chichi. El chichi. Todo el mundo me conoce por chichi. El chichi, un emblema.
Tengo mi Facebook.
Chichicana. ¿Chichicanastos?
Mi comunidad, mi localidad, acá que se llama, se llama El Arroyo. Pertenece a todo lo que es nuestra comunidad de Copacabana. Son lugarcitos que se llaman, como por decir, donde vive Ariel se llama Agua del Molle, más allá se llama Napa, más abajo se llama San Antonio, El Coro, Los Jaimes. Otros Los chañaritos. Pero son como lugares de nuestro asentamiento de cada persona que vivimos en el lugar. Y acá donde yo vivo se llama El Arroyo.
Y no una, viven varias familias, digamos. No muchas, porque nuestra comunidad es grande y muy dispersa. Nuestra comunidad tiene aproximadamente entre 30 kilómetros, 35 cuadrados más o menos.
Esa es la dimensión que tiene, porque la comunidad nuestra empieza en el río seco que se llama de Villa Colimba, y termina en Masa. Ahí termina lo de Copacabana. ¡Es enorme! Sí, tiene la punta de la sierra, ¿no es cierto?, de Copacabana. Y termina aquí en un lugar que se llama Corcel de Mula, un hombre indígena.
La escuela por ejemplo está en Agua del Molle.
Son un montón de parajes como San Antonio o Masa.»
María Esther Gómez

«Después de los incendios, cuando salen las primeras hojas de la palma, se hace así y se quebró.
Sí, en las primeras hojas que vuelven a nacer se quiebra la palma. Por eso hay que esperar cuatro años para tener para más o menos bien.
Yo ahora se la compro a un chico. A un chico de allá de Napa. La saca de Napa o va a Charbonier.
Siempre casi la mayoría que compro, la guardo dentro ahí para que no se manche con el sol. Al sol, se pone roja. Las orillas de, como se le ha cambiado, las primeras de estas. ¿Verdad? Y mire que le da el toque.
Es decir, que la calidad del trabajo depende del cuidado que usted tenga de la palma. Yo la pongo a remojar en la pileta de las vacas. Allí, donde está el molino.
Bueno, entonces, la ponés a remojar esta noche. Sí. La sacás mañana. Y la teje pasado mañana. La envuelve en un trapo grande para que se consuma el agua. Para que quede blanda porque es muy dura.
Nosotros a veces estamos 20 días hasta que se secan. Hay que cortarla y secarla, porque si la deja un día así que se ore, ya se sale mal, porque la palma se encoge rápido. Claro, se achica. Así que cuando se vuelve a mojar, se vuelve como normal.»
José Heredia

«Un 90% digamos de los que vivimos en esta región viven de esto.
No hay grandes capitales, nadie tiene.
Sólo pedacitos de campo para criar 10 cabras, un par de vaquitas y que eran de mi abuelo, que nosotros no teníamos nada y vivíamos únicamente de esto.
Y así sucesivamente era lo que había. Lo que se hace en el campo, se cría para algo, para eso.
La mayoría de acá vive de esto, de ser artesano.
Me gusta ser artesano .
No me gusta que me mande nadie, mi trabajo se va donde yo me vaya, mi trabajo está. Si yo me tengo que ir a Córdoba, a Carlos Paz, al lado que sea, yo mi trabajo lo tengo seguro. Ojalá esté trabajando en otro lado, pero yo puedo volver a trabajar.
Porque el material yo lo corto y lo llevo.
Este tejido es un punto y nada más. Es un solo punto que lleva desde el principio hasta el último.
Lo lleva desde el principio hasta el último. Y puede hacer cualquier cosa con este punto nada más.
No hay otro punto.
Nada más.
El punto es ese.
Es fino, es grueso, pero es el mismo.
Siempre es un lazo que envuelve un relleno.
Y este punto empezamos con este punto y terminamos con este punto.
Porque este es fino, en grueso, en miniatura de finitito, es el mismo punto.»
Azucena Jaime

«Más antes, aquí en Copacabana, la mayoría de la gente vivía de esto. Trabajando en esto. Sí, todo. Fuera de la fábrica del canasto, que en Copacabana es una palabra.
Y a veces, bueno, no nos juntábamos con plata acá, pero. Venían los proveedores y nos dejaban la mercadería por él. Esto era como el billete.
Ellos se llevaban la mercadería nuestra y nosotros nos quedábamos con lo de ellos. Y así hasta donde. El trueque. ¿Y desde cuándo cambia eso del trueque?
Y desde que ya vino gente de fuera.
Y empezó a comprar gente.
Se hizo conocer esto. Que vino gente como usted.
Que se ocupa de esto. Y bueno, yo pienso que ahí donde fue el primer empujoncito. Que se empezó a conocer y empezó a venir gente a comprar. Entonces ya uno se juntaba con el dinero. Claro, ya no era el revendedor. Se vendía cada vez más y bueno.
Ya después con los celulares.
Eso es genial.
Contacto, después para la pandemia, que fue una época que todos estábamos en casa y bueno.
Ahí vinieron los contactos de poder enviarles.»
Noelia Rodríguez

«Mi abuela era encargada del correo.
Claro, del correo y bueno, antes cuando venía el colectivo salía allá y recibía la correspondencia y bueno, se entregaban las cartas, como antes era todo por carta.
Y la primera está ahí donde tengo la palma yo. Sí. Esa era, digamos, la estafeta que le decían.
Ahí tenía el correo. La estafeta.
Y todos los días mi mamá nos mandaba la estafeta para ver si habían llegado cartas, en vez de esperar al cartero. Íbamos para adelantarnos.
También mi abuelo por ahí pasó un vecino y le decía, me hace el favor, le dice a tal que llegó carta y bueno, venían a buscarla.
Y yo sabía ir con ella al cruce y a buscar la correspondencia y otras cosas que llegaran.
Antes sí pasaba un colectivo.
Venía desde Deán Funes.
Yo aprendí a tejer de chiquita. 6 o 7 años.
Me enseñó mi mamá.
Íbamos caminando con ella a buscar palma, y la traíamos al hombro.
La atábamos así como lo hacemos.
Pero no traíamos muchas, traíamos, qué sé yo, 20 hojas.
Cuando salían los tres más grandes, así le ayudábamos a traer pan.
Mi mamá nos crió, digamos, del tejido, porque no tenía otra cosa.
Después todos tejíamos, por el día de mi mamá, hacía bolso, que le decíamos con orejitas.
Y nosotros ayudamos a hacer los asientos, hacíamos cosas chicas, paneritas, cosas así, también para vender y ayudar.
Comprar la mercadería. Venía un señor y teníamos canastos y como que hacíamos un trueque.
Sabría venir, qué sé yo, cada 15 días, póngale.
Y se llevaba todo lo que habían tejido.
Y comprábamos con eso, comprábamos toda la mercadería.
Nosotros ya de 6, 7 años. Así ayudábamos.»

Graciela Gómez

«Sí. Soy nacida y criada aquí. Vivía allá en un lugar que se llama, el río se llamaba ahí, al lado de La Crucecitas. Ahí fui a la escuela, en Las Crucecitas y todo.
Y nosotros empezamos a tejer tendríamos nueve años, diez. Y venía un hombre. Que venía de Capilla del Monte, porque antes pasaba el colectivo también, venía por Los Morteros, pasaba el colectivo por frente de nuestra casa.
Y venía un hombre siempre. Que se llamaba Albertito. Y él traía golosinas, traía juguetes. Y a nosotros, claro, y mi mamá, ella trabajaba de cocinera en la escuela. Y mi papá trabajaba así en el campo. Y a nosotros nos gustaba comprarle las muñequitas, las cosas, bueno, entonces nos decían, pónganse a tejer. Hacíamos las cosas que llevaríamos para darle al hombre, porque era un hombre. Una cosita hecha por niños.
Y él se los llevaba y nos traía un muñeco, a los muchachos un autito. Albertito se llamaba uno y el otro se llamaba Luisito. ¿Te acordás de eso Ariel? ¡Ay, me acuerdo bien!
Y ellos venían para comprar los caramelos, para que los trajeran las muñequitas.
Le hacíamos eso. Y él decía, ‘Este sirve para ponerlo al lado de la cocina para los fósforos’. Era una cosa que ahora, cuando uno sabe tejer, lo habrán llevado para tirarlo porque eso no servía. Pero bueno, ellos los compraban para nosotros. Así que, nueve o diez años nosotros con mis hermanos aprendimos. Mi papá y mi mamá, ellos sí, sí tejían cuando venían de trabajar, tejían y ellos nos enseñaron. ¿Y tus abuelos los conociste? Mis abuelos de acá, que se llamaban Juana y Miguel, ellos sí tejían. Mis abuelos ya tejían. Y hacían eso, los canastitos del mate. Claro, antes que era lo normal, hacía el canasto con tapa, el bolso y algún canasto de la ropa, era lo normal. Después empezaron a pedir diferentes cosas. Pero hacían los costureritos también.»